martes, 10 de febrero de 2015

Prólogo poemario "Caleidoscopio hacia el Sur", 2014.



Breviario de poesía.


Antes que todo, debo de confesar un postulado muy personal: la escritura para mí, no sólo es una constancia o un registro del acto que da forma a aquello que está en la potencia de ser, o el negativo que se da a nuestra subjetividad. La escritura, por el contrario, me parece la expresión existencial de un deseo humano ineludible, orgánico, por cerrar ciclos de la vida. No puedo pensar en ella como otra cosa, otra potestad. Y es que no quiero enclaustrar a la escritura bajo un horizonte impúdicamente mecanizado. Me resisto a considerar los procesos creativos, estéticos, los modos de referencialidad del lenguaje, ya sea a los ojos del escritor y del lector, como un mero y rústico acto programático de taquigrafía. De ser así, siento que me llevaría a rastras, la infinita tristeza de una suerte de desesperanza.
Consiguientemente, configurarme en un ser taquigráficamente, implicaría que toda expresión de un “algo” no es más que decir que se pone en lugar “ése algo”, en la medianía de lo disponible y con un grado de verosimilitud a un real-inteligible. Pero allí no hay ningún fenómeno original, y más bien, la adecuación y normalización de la experiencia a estructuras de simbolización colectivas. En otras palabras, no seríamos metafóricos, sino analógicos.
Declarar que la escritura –y hablo aquí de la poética– no es una sistematización de mundo, sino clausura y costura, es lo realmente significativo a la ocasión de crear y analizar poesía. Desde mi posición, clausura de mundo significa que el lenguaje poético es acusar recibo de un llamamiento sobre algo que está fuera de toda estandarización, de una existencia que no tiene espacio de expresión, y sin embargo, deambula y persiste en el tiempo; vale decir, en la temporalidad del cuerpo y la memoria del poeta. El poema es una testificación de un tiempo vital que ha sido ocupado en vano, desaprovechado por lo viviente, y de allí su razón de ser (querer ser puesto en lugar, aún en su rotunda imposibilidad). Tesis fundamental de este poemario, pero que puede ser aplicada a toda forma de literatura o uso del lenguaje con directrices estéticas.
Escribo y recuerdo a Kafka, quien señalaba en su singular visión que el tiempo pasa, y yo en vano con él” ¿Qué implica esta afirmación, pues, sino la declaración de una razón primera del acto de escribir, como la instancia de dar cuenta en el lenguaje que hay algo que ha sido dejado sin atender, y que en tanto olvido, cobra validez? Es más: sólo se escribe porque hay algo que no se hizo, que no se cumplió. Aquello que está completado –o dicho- deja de ser un espacio gravitante, y pasa al orden de lo íntegro e inamovible, que descansa en lo consumado. El acto poético no puede dejar más de sí, que el sesgo de la fragilidad de la vida que allí atestigua en sus procesos aplazados, sus registros latentes, y ondulantes, la experiencia no acabada del autor y del mundo. Los grandes socavones de la vida, material nutricio del poeta, son el tiempo y la ética. En sus puños radica la inconsistencia humana, la condición de intersticio de todo lo puesto en la existencia para el hombre, y por sobre todo, la fatalidad de ser condenados a deambular a través de las cosas con una pluma en la mano, sin ser necesariamente definidos de escritores, o de artistas en general. 
El tema primordial de este poemario es el tiempo, en su forma de cierre. Y es que me parece urgente que su condición metafísica-existencial en el sujeto-hombre deba ser subrayada, ya no tanto en su estatuto de proyección de la voluntad, la conciencia o de sí- sino más bien en la forma de una introspección del error y de la falta. El tiempo solamente es percibido en su naturaleza aplastante cuando nos detenemos y somos arrollados por su falta, su pérdida, o bien, por su manifestación como límites biológicos o sensibles. Pero el tiempo es una cosa que apela a todo en una forma de ayer. Más aún, en la falta que nos hacemos de él, las experiencias que nos otorga el tiempo son siempre de un carácter efímero, y también pendiente e informe. No cerramos capítulos de nuestras vidas por la falta de tiempo, sino por el error de no reconocer la temporalidad de nuestra existencia, la finitud de nuestro paso y la tozudez por la esperanza de una infinidad del alma o de una reincidencia de lo vivo. El poema es lo introspectivo, un mirarse a sí y al mundo desde un movimiento de contradicción: la paradoja de legitimar en lo creativo la catástrofe de lo que no pudo ser real, y el deseo interior de pensar desde la imposibilidad absoluta, que en lo humano pueda haber una realidad sin reglas, y un modo de Ser restaurado que existe conscientemente desde un carácter de pasado, pero hecho vivible en presente. En otras palabras, hacer axiomático que somos seres utópicos, porque existimos en su fracaso. Esto es lo significa ser “costura”.
Un poema es una mirada antropológica hacia la realidad, a la vez que la atestiguación de lo cósmico en lo humano a través de un lugar figurado en el tiempo. Pero la poesía no es hierofanía, no es un mito, no es mistificación del Yo ni subjetivación del objeto, por lo menos completamente: la poesía, y todo arte, es un extravío a través de la negación y afirmación absoluta de su naturaleza en el tiempo histórico de su germinación. Un poema manifiesta la negación de su propio sentido, la clausura de su acometido, el desengaño de su expresión reivindicadora. Y sin embargo, en tanto que creación, vuelve real lo imposible, y da una cuenta positiva de la privación utópica del pensamiento que vive sin realizarse. Kitaro Nishida lo desarrolló bajo el concepto de “Mu-ga”, un salirse de sí que conlleva un aniquilamiento tanto del sujeto y el objeto en la autoexpresión del Mundo. Yo lo defino como “coser el tiempo en el lugar”: la poesía anuda la vida hacia delante y hacia atrás.
Ahora bien, al acto poético también puede asignársele un cierto sesgo ético, o un campo de reflexión que implica dejar en manifiesto que todo uso del lenguaje es siempre una contribución y una problematización de un proyecto de ideal; pero no la pretensión de la poesía o del autor, sino del ser humano. Todo poeta contribuye ética y estéticamente a la formación de una idea de ser-humano, dejando en advertencia su naturaleza, su conducta, sus riesgos, su clasificación, su categoría. Y esto no es menor, porque este poemario también promueve ese horizonte a través de la evidencia de la fragilidad y el dolor ante la vida; la expresión contenida de los espacios anulados, suspendidos, flotantes, distanciados u ocultados por la misma sociedad, y que hacen agua en la intimidad. Estos poemas revelan esa dimensión que rehúye todo hombre, y que debe ser afrontada y pensada: la oportunidad de entenderse como un organismo que, azarosamente, de tan infinitamente pequeño que es, puede echar un vistazo momentáneo, tímido, en lo absoluto, y luego volver.





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