sábado, 3 de enero de 2015

Imágenes puras. (El hombre horadado, 2013)


Un viento de pulmones incoloros asola las hojas más allá del horizonte
y como brújulas sin remedio, transitan entre desolaciones sin casa.
Largas tardes de iglesias marchitas me sobreviven como a una existencia arrancada de sí,
y en cada rostro oscureciéndose sin fin, desde dentro un grito sobresale,
excedido por todos lados de narcisos cubiertos de sangre,
espejos amarillos que nadie puede sostener.

A un sol que está de luto, conservo ojos de exterminio,
un retrato que va andando entre lámparas
por callejones aullantes de una madera podrida,
letreros profanados de cuerpos vencidos
por la furia, el lodo, el semen profundo de una amapola sin vida,
o unas golondrinas sin alas, que vuelan como ángeles difuntos,
o como una hebra entre la soledad,
que de cierta ternura, cierto modo de sufrir,
es una presencia hasta el fondo
y esculpe en su torso los funerales y canciones de toda la extensión que brotan sobre este mundo.

Al golpe de una gota, a la luz de una estrella,
bebo para mí, por mí,
solo,
moviéndome a penas, fatigado,
mientras que a mis espaldas un riachuelo ahoga mi sombra
con un vino de cuyas botellas una tristeza sorda muerde y mosquitos
ya sin vuelo,
y ciertas cosas también que un vagón detenido le roba a la noche.

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